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miércoles, febrero 13, 2008

San Valentin. Coqueteria

SAN VALENTÍN

LA CULTURA OCCIDENTAL ha aglutinado en la fiesta de san Valentín un cúmulo de costumbres antiquísimas, muchas de ellas ritualizadas, destinadas a celebrar, fomentar y ensalzar el amor de la pareja.

Si buscamos el origen de estas fiestas en occidente, tendremos que retroceder hasta las romanas Lupercales, del mismo modo que para localizar el origen de nuestra Navidad hemos de retroceder a las Saturnales romanas.
Era una fiesta que se celebraba en honor del dios Februarius, y el gran día del sacrificio de purificación se llamaba februata díes. Estamos en los ritos generales de purificación que serán las inmediatas fiestas del Carrus navale (Carnaval), la gran revista festiva paseando a los dioses en sus carros cargados de danzantes durante la inspección de los campos y las casas relucientes por la purificación general a que se han sometido.

Pero las Lupercales, que marcan el inicio de todo este ciclo festivo, se dedican en especial a ritos de fecundidad. Los "lupercos", una especie de cofrades de esta fiesta, vestían una piel de cabra, y así "vestidos" perseguían a todos por la calle, dando zurriagazos con tiras de piel de lobo (lupus, de ahí el nombre) a los transeúntes, en especial a las mozas, porque se les atribuía a estas disciplinas poder fecundante.
Este tipo de fiesta tenía un carácter de orgía que los mismos emperadores romanos se vieron obligados a frenar. Pero era imposible ahogar estas fiestas de fecundidad, así que fueron renaciendo a lo largo del tiempo y de la geografía en muy diversas formas.

El formato de la actual fiesta de SAN VALENTÍN es muy reciente. Todos la hemos visto crecer ante nuestros ojos. Aunque tiene en ella una gran fuerza la vena comercial y aire mundano, hay que decir que se trata de una fiesta de formato religioso, casi puritano.


Su objetivo es santificar los sanos impulsos biológicos transfigurándolos en AMOR.
San Valentín pretende llevarnos a la apoteosis del sexo, es decir a su divinización, que es el AMOR.

LAS COSAS Y SUS NOMBRES

COQUETERÍA

Galicismo que ha hecho fortuna en nuestra lengua a pesar de los esfuerzos de los puristas por desterrarlo, proponiendo sinónimos como, mimo, tiquis miquis, melindre, monería, momería, arrumaco, carantoña, contoneo, garambaina, etc. Pero no, estos pretendidos sinónimos forman parte del coqueteo, mas ninguno de ellos puede sustituirlo.

El inglés y el alemán también se han dejado arrastrar por el francés; eso que los ingleses cuentan con el flirteo, que han exportado a otras lenguas. Partimos de coq, que significa gallo tanto en sentido propio como figurado: coc du village (lit. el gallo del pueblo) es el gallo, el gallito; être un bon coq es ser muy enamoradizo.

El verbo coqueter significa propiamente hacer el gallo, es decir presumir un hombre entre las mujeres; y coquet es el que va por ahí de gallo. Su femenino es coquette, (obsérvese que la hembra del gallo es la la poule, en lenguaje infantil, cocotte); significa eso que la mujer coqueta es la que adopta con los hombres el papel del gallo con las gallinas; traducida la imagen vendría a ser la mujer que necesita tener pendientes de ella a muchos hombres, y en eso emplea sus coqueteos; del mismo modo que al gallo no le basta una gallina, sino que necesita para gallear (propiamente coquetear) todo un gallinero.

De ahí que a la hora de definir a la mujer coqueta se diga que es la que hace por gustar a los hombres, o la que toma el amor como una diversión y procura enamorar a distintos hombres. Cuanto más atrás vamos en el tiempo, más negativa es la definición. El diccionario de R.J. Domínguez dice: Coqueta, s. f. La mujer presumida, ligera, inconsecuente y veleidosa, que por vanidad procura agradar a muchos, burlándose en general de todos, sin fijarse realmente en ninguno.

Por completar, hay que decir que se da también este nombre a una especie de tocador (no viene de tocar, sino de toca = velo, y por extensión sombrero) provisto de espejo por lo general de cuerpo entero, que se emplea para vestirse o arreglarse delante de él. Y al golpe que daban los maestros en la palma de la mano con el plano de la férula o palmeta. Y en calidad de diminutivo de coca, un panecillo que recuerda la coca.

A partir de coqueta se formó todo el campo léxico, que incluye coquetería, coquetear, coqueteo, coquetón y últimamente, también coqueto. Domínguez incluye coquetismo como Arte seductor de la coquetería refinada. M. Moliner define coquetear como Conversar o tratar una mujer con los hombres procurando enamorarlos.

Y añade: Puede aplicarse también a los hombres que tienen una actitud semejante respecto a las mujeres (falta la inversa, que también se da). Se llama también así a la acción de conversar, bromear, etc. un hombre y una mujer tratando de agradarse recíprocamente. Y a la de hacerse el amor (= cortejarse) sólo por pasatiempo.

La coquetería tiene una definición más favorable: es, además de la cualidad o comportamiento de coqueta (o coqueto), la habilidad para arreglarse o para agradar en general; y cosas que hace una mujer para aumentar su belleza o para agradar a un hombre o a los hombres.

Coquetón fue la primera forma masculina de coqueta (luego le siguió coqueto), y sirve tanto para calificar a los hombres que recurren a la coquetería como las cosas, los adornos, etc. Se usa como sinónimo de gracioso, atractivo, agradable.

Mariano Arnal
LÉXICO

http://www.elalmanaque.com/sanvalentin/

Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3058 Miércoles 13 de Febrero de 2008

viernes, febrero 08, 2008

AMOR - LOS AMANTES DE TERUEL

AMOR

Es larga la peregrinación por la humanidad de esta palabra y de los arcanos que esconde. Como si fuese eterna, no conocemos su origen. Es la criatura más bella y más resplandeciente que nos ha nacido. Es el contrapeso de tantos disparates que ha cometido y sigue cometiendo la humanidad en todos los órdenes. Pero habiéndonos nacido esta preciosa criatura, llamada a redimirnos colectivamente y persona por persona, he aquí que nos queda abierto un enorme portal a la esperanza.

"Te amo", decían ya nuestr@s antepasad@s l@s roman@s, con las mismas letras, con la misma entonación, con la misma alma que nosotr@s decimos también "Te amo". L@s más antigu@s anteponían el pronombre al verbo, y decían "Amo te". Sólo esa ínfima variación en cerca de tres milenios de diálogo estático y extático con esas solas palabras: "Te amo", "Te amo".


Y el nombre de ese sentimiento, de esa forma tan grande de entender y vivir la vida, que se llama AMOR, ha soportado también el paso del tiempo sin cambiar ni una letra. Y no sólo en los libros, que ahí duran y se guardan muy bien las palabras en conserva, sino en la vida, en el día a día, en el persona a persona. Algo grande y bello ha de tener esta palabra para que haya sido capaz de retener dentro de sí durante tantísimos siglos los mismos valores sin alterarse ni alterarlos.

Y sin embargo, el amor ha crecido y sigue creciendo en la humanidad. Hace veinte siglos estaba ya inventado el amor entre el hombre y la mujer; pero forzoso es reconocer que justo hace veinte siglos se inició un cambio profundo en el que no hemos parado de avanzar y en el que todavía nos queda sin duda un largo camino que recorrer.

Hace veinte siglos ya se había inventado el amor paterno. Pero ¡qué gran distancia separa al padre de hoy del severísimo padre romano, casi recién inventada la paternidad! La implicación que tiene hoy el padre en la vida de sus hijos deja a años luz la que tenía el padre de siglos pasados.

Hace veinte siglos el prójimo era tan sólo aquel al que te unían intereses directos. Ahora la fraternidad humana ha crecido en dimensiones astronómicas, y nuestro prójimo no es sólo aquel del que obtenemos beneficios. Antes de Cristo hubiese sido imposible entender las O. N. G. o los grandes movimientos de solidaridad que recorren el planeta.

Lo que ha cambiado muy poco es el amor de la mujer, tanto en su papel de compañera como en su papel de madre; porque ella es el manantial del amor, alimentado por la propia Naturaleza. Ella es la que con paciencia infinita está enseñando al hombre a amar. El amor es su gran triunfo.



LOS AMANTES DE TERUEL

Don Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. Eran dos jóvenes de las principales familias de Teruel; pero ya fuese por las frecuentes desavenencias entre familias rivales, ya fuese por razón de la limpieza de sangre (ser cristiano viejo), que entonces se miraba mucho, el caso es que los padres no estaban de acuerdo con esos amores.

Y como ocurre también en todas las leyendas de este género, puesto que son copia de la única realidad que entonces imperaba, los padres de Isabel decidieron casar a la moza para no dar lugar a que creciese aquel amor inconsentido.

Fue señalado el día de la boda y Juan Diego sintió la necesidad de despedirse definitivamente de su amada. Escaló la tapia del jardín como era costumbre, y lo hizo a la medianoche, que es cuando mandan todas las leyendas.

Tras los requiebros amorosos propios de la ocasión, don Juan Diego le pidió una prenda de amor a su amada: UN BESO, dice la leyenda para no quitarle un ápice de romanticismo a este amor.
Casta y obediente a la voluntad de sus padres como era Isabel, se lo negó, bien que su corazón le pedía aquello y mucho más. Aquella negativa fue más fuerte que el corazón lacerado del infortunado don Juan Diego: se le borró el mundo de la vista, quedando en sus pupilas la dulce y atormentada imagen de su amada, y cayó allí mismo desplomado. Al entender su corazón que nunca más podría latir para Isabel, prefirió dejar de latir para siempre.

La noche se convirtió en alboroto. Corrió la voz por toda la ciudad de Teruel y se iluminaron sus ventanas con la luz de los candiles. El día siguiente la familia de don Juan Diego Martínez de Marcilla estaba llamada a funeral en la iglesia catedral, y dos horas más tarde, en la misma iglesia estaba llamada a boda la familia de Isabel Segura.

A la infortunada amante, perdida en el delirio del amor perdido, y condenada a amar a quien no la amaba, los pies la condujeron con determinación hacia el funeral prohibido. Se acercó al catafalco a contemplar a su amor. Y al ver aquellos labios aún abiertos pidiéndole el beso que le negara unas horas antes, no pudo resistirse a esa última petición callada de su amado, u postrándose junto a él le dio el beso de despedida.

El beso de Isabel fue de los que resucitan a los muertos. Pero ¡ay!, le faltó a ella el aliento para sobrevivir a aquella explosión de dulzura y amargura. Su corazón estaba ya tan malherido que sucumbió a la violenta sacudida de aquel beso.

Maravillados los asistentes de la duración de aquel beso, quisieron levantar a la infortunada amante de don Juan Diego, pero el beso la había transportado a la eternidad. La familia de Don Diego se doblegó a la violencia de aquel amor, tendieron a Isabel junto a su amado, celebraron por ambos el funeral, y juntos fueron sepultados para eterna memoria de aquel amor y para aviso de padres que cierran los ojos y el corazón al amor de sus hijos.

Esta es la leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL, por la que se conoce a esta ciudad más que por ninguna otra cosa. Pero es éste un hecho tan repetido en la historia de nuestra doliente humanidad, que en todos los casos se cuestiona la veracidad y la originalidad de la leyenda. Es el corazón humano el que está puesto en ellas, y ese sí que es verdad, una verdad que se encarna en distintos lugares del mundo y en las más diversas leyendas cuyo denominador común es siempre el mismo: LA FUERZA DEL AMOR.

Los estudiosos de esta leyenda apuntan a que se parece mucho a uno de los cuentos del Decamerón de Boccaccio, que a su vez es recopilación de una leyenda anterior. Es una prueba más de la constancia del corazón humano y de la fe que tiene la humanidad en el AMOR. La leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL ha sido reescrita más de 20 veces por plumas tan prestigiosas como la de Tirso de Molina, que la han llevado a la poesía, a la novela y al teatro. Y como broche de oro, el maestro Tomás Bretón la elevó a la dignidad de la ópera: inspirada en la obra de Harzenbusch, con libreto del mismo maestro Tomás Bretón y dividida en cinco actos, se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 12 de febrero de 1889.

Mariano Arnal
LÉXICO

http://www.elalmanaque.com/sanvalentin/



Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3053 Viernes 8 de Febrero de 2008

viernes, enero 25, 2008

CARNAVALES : DON CARNAL Y DOÑA CUARESMA

CARNAVALES : DON CARNAL Y DOÑA CUARESMA

Al Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, una de las joyas de la literatura española, le ocurre lo que a tantas grandes obras: a todo el mundo le suena, pero muy pocos son los que lo leen. Entre otras razones porque es de muy difícil lectura, no sólo por tratarse de español antiguo, sino también porque se desarrolla en un escenario tan distante de la escena en que nosotros estamos, que las palabras con que nos lo describe, y los valores, costumbres y cosas que nombra, nos suenan a cuentos de la China. Es que la Edad Media nos cae ya en otra galaxia.

Dentro de la obra, uno de los pasajes que más suenan, porque son de referencia obligada, es el de la disputa entre Don Carnal y Doña Cuaresma. Pero en los libros escolares de literatura no se ofrece el desarrollo argumental de esa disputa, con lo que cada uno se deja llevar por lo que sugieren las propias palabras: Doña Cuaresma no necesita definirse: es la personificación de la penitencia, del ayuno y de la abstinencia. Y por eso es lógico deducir que Don Carnal es su antítesis, la personificación por tanto de la gula y de los pecados de la carne. Y puesto que estas interpretaciones encajan con la línea moralizante al uso (tan “sui géneris” como las intenciones moralizantes de la Celestina), se queda uno con esa idea, y se ahorra la molestia de leerse los 992 versos en que se desarrolla el tema de Don Carnal, Doña Cuaresma y Don Amor, que resulta ser el gran protagonista, que aparece en la apoteosis de este pasaje.

En el recorrido que estoy haciendo estos días para recopilar toda la información posible relativa al Carnaval, a fin de darles a nuestros lectores la visión más completa y bien construida a que alcance nuestra capacidad y nuestro tiempo, he leído la recopilación que hizo Joan Amades en su Costumari Català, de las costumbres de Carnaval en los pueblos y ciudades de Cataluña (a pesar de ser muy reducido el ámbito geográfico, es asombrosa la pluralidad de usos y costumbres); he consultado lo poco que dicen las enciclopedias sobre el tema; he contrastado con ritos y costumbres de otras culturas, asimilables al carnaval; he recorrido en internet todos los sitios que de un modo u otro se ocupan del Carnaval; y se me ocurrió que para completar la visión del tema, era obligado acercarme a ver de qué iba La pelea que ovo Don Carnal con Doña Cuaresma, en el Libro de Buen Amor, porque ni que fuese de refilón, alguna relación podría tener Don Carnal con el Carnaval, andando tan cerca de Doña Cuaresma.

Y ya sea porque tengo la vista y las entendederas empapadas de Carnaval, ya sea porque realmente es así como hay que verlo y entenderlo, resulta que todo lo que leo en esta treintena de páginas del Libro de Buen Amor, me suena a Carnaval; me suena a lo que me viene sonando lo que he leído a lo largo de todas las lecturas de estos días: en un pueblo van en persecución del judío montado en su rocín; en otro celebran la pelea ritual entre carniceros y pescateros; más allá dan la cencerrada con todos los enseres de cocina; en otro lugar, renuevan la vajilla, los cacharros de la cocina y los enseres viejos, en otro tiran de escoba, y resulta que todo esto me lo voy encontrando también en los versos del Arcipreste, en unos casos totalmente literal, y en otros muy parecido. En fin, que con fundamento o sin él, no puedo resistirme a leer en ellos la larga secuencia de grandes celebraciones, procesiones y comparsas que se inician en Carnaval y terminan por Pascua. Porque en realidad se trata de todo un ciclo.

Y se me ocurre pensar si el Arcipreste no será, como Homero, un juglar recopilador del repertorio de que en aquel tiempo usaban los juglares; y que entre sus versos, tenían que figurar necesariamente los autos que se celebraban en las representaciones paralitúrgicas más importantes del año.

Mariano Arnal

Artículo extraido de la edición del Almanaque Nº 3039 Viernes 24 de Enero de 2008