viernes, febrero 08, 2008

AMOR - LOS AMANTES DE TERUEL

AMOR

Es larga la peregrinación por la humanidad de esta palabra y de los arcanos que esconde. Como si fuese eterna, no conocemos su origen. Es la criatura más bella y más resplandeciente que nos ha nacido. Es el contrapeso de tantos disparates que ha cometido y sigue cometiendo la humanidad en todos los órdenes. Pero habiéndonos nacido esta preciosa criatura, llamada a redimirnos colectivamente y persona por persona, he aquí que nos queda abierto un enorme portal a la esperanza.

"Te amo", decían ya nuestr@s antepasad@s l@s roman@s, con las mismas letras, con la misma entonación, con la misma alma que nosotr@s decimos también "Te amo". L@s más antigu@s anteponían el pronombre al verbo, y decían "Amo te". Sólo esa ínfima variación en cerca de tres milenios de diálogo estático y extático con esas solas palabras: "Te amo", "Te amo".


Y el nombre de ese sentimiento, de esa forma tan grande de entender y vivir la vida, que se llama AMOR, ha soportado también el paso del tiempo sin cambiar ni una letra. Y no sólo en los libros, que ahí duran y se guardan muy bien las palabras en conserva, sino en la vida, en el día a día, en el persona a persona. Algo grande y bello ha de tener esta palabra para que haya sido capaz de retener dentro de sí durante tantísimos siglos los mismos valores sin alterarse ni alterarlos.

Y sin embargo, el amor ha crecido y sigue creciendo en la humanidad. Hace veinte siglos estaba ya inventado el amor entre el hombre y la mujer; pero forzoso es reconocer que justo hace veinte siglos se inició un cambio profundo en el que no hemos parado de avanzar y en el que todavía nos queda sin duda un largo camino que recorrer.

Hace veinte siglos ya se había inventado el amor paterno. Pero ¡qué gran distancia separa al padre de hoy del severísimo padre romano, casi recién inventada la paternidad! La implicación que tiene hoy el padre en la vida de sus hijos deja a años luz la que tenía el padre de siglos pasados.

Hace veinte siglos el prójimo era tan sólo aquel al que te unían intereses directos. Ahora la fraternidad humana ha crecido en dimensiones astronómicas, y nuestro prójimo no es sólo aquel del que obtenemos beneficios. Antes de Cristo hubiese sido imposible entender las O. N. G. o los grandes movimientos de solidaridad que recorren el planeta.

Lo que ha cambiado muy poco es el amor de la mujer, tanto en su papel de compañera como en su papel de madre; porque ella es el manantial del amor, alimentado por la propia Naturaleza. Ella es la que con paciencia infinita está enseñando al hombre a amar. El amor es su gran triunfo.



LOS AMANTES DE TERUEL

Don Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. Eran dos jóvenes de las principales familias de Teruel; pero ya fuese por las frecuentes desavenencias entre familias rivales, ya fuese por razón de la limpieza de sangre (ser cristiano viejo), que entonces se miraba mucho, el caso es que los padres no estaban de acuerdo con esos amores.

Y como ocurre también en todas las leyendas de este género, puesto que son copia de la única realidad que entonces imperaba, los padres de Isabel decidieron casar a la moza para no dar lugar a que creciese aquel amor inconsentido.

Fue señalado el día de la boda y Juan Diego sintió la necesidad de despedirse definitivamente de su amada. Escaló la tapia del jardín como era costumbre, y lo hizo a la medianoche, que es cuando mandan todas las leyendas.

Tras los requiebros amorosos propios de la ocasión, don Juan Diego le pidió una prenda de amor a su amada: UN BESO, dice la leyenda para no quitarle un ápice de romanticismo a este amor.
Casta y obediente a la voluntad de sus padres como era Isabel, se lo negó, bien que su corazón le pedía aquello y mucho más. Aquella negativa fue más fuerte que el corazón lacerado del infortunado don Juan Diego: se le borró el mundo de la vista, quedando en sus pupilas la dulce y atormentada imagen de su amada, y cayó allí mismo desplomado. Al entender su corazón que nunca más podría latir para Isabel, prefirió dejar de latir para siempre.

La noche se convirtió en alboroto. Corrió la voz por toda la ciudad de Teruel y se iluminaron sus ventanas con la luz de los candiles. El día siguiente la familia de don Juan Diego Martínez de Marcilla estaba llamada a funeral en la iglesia catedral, y dos horas más tarde, en la misma iglesia estaba llamada a boda la familia de Isabel Segura.

A la infortunada amante, perdida en el delirio del amor perdido, y condenada a amar a quien no la amaba, los pies la condujeron con determinación hacia el funeral prohibido. Se acercó al catafalco a contemplar a su amor. Y al ver aquellos labios aún abiertos pidiéndole el beso que le negara unas horas antes, no pudo resistirse a esa última petición callada de su amado, u postrándose junto a él le dio el beso de despedida.

El beso de Isabel fue de los que resucitan a los muertos. Pero ¡ay!, le faltó a ella el aliento para sobrevivir a aquella explosión de dulzura y amargura. Su corazón estaba ya tan malherido que sucumbió a la violenta sacudida de aquel beso.

Maravillados los asistentes de la duración de aquel beso, quisieron levantar a la infortunada amante de don Juan Diego, pero el beso la había transportado a la eternidad. La familia de Don Diego se doblegó a la violencia de aquel amor, tendieron a Isabel junto a su amado, celebraron por ambos el funeral, y juntos fueron sepultados para eterna memoria de aquel amor y para aviso de padres que cierran los ojos y el corazón al amor de sus hijos.

Esta es la leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL, por la que se conoce a esta ciudad más que por ninguna otra cosa. Pero es éste un hecho tan repetido en la historia de nuestra doliente humanidad, que en todos los casos se cuestiona la veracidad y la originalidad de la leyenda. Es el corazón humano el que está puesto en ellas, y ese sí que es verdad, una verdad que se encarna en distintos lugares del mundo y en las más diversas leyendas cuyo denominador común es siempre el mismo: LA FUERZA DEL AMOR.

Los estudiosos de esta leyenda apuntan a que se parece mucho a uno de los cuentos del Decamerón de Boccaccio, que a su vez es recopilación de una leyenda anterior. Es una prueba más de la constancia del corazón humano y de la fe que tiene la humanidad en el AMOR. La leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL ha sido reescrita más de 20 veces por plumas tan prestigiosas como la de Tirso de Molina, que la han llevado a la poesía, a la novela y al teatro. Y como broche de oro, el maestro Tomás Bretón la elevó a la dignidad de la ópera: inspirada en la obra de Harzenbusch, con libreto del mismo maestro Tomás Bretón y dividida en cinco actos, se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 12 de febrero de 1889.

Mariano Arnal
LÉXICO

http://www.elalmanaque.com/sanvalentin/



Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3053 Viernes 8 de Febrero de 2008

jueves, febrero 07, 2008

CUARESMA - HEDONISMO CONTRA ASCETISMO

HEDONISMO CONTRA ASCETISMO

No son sólo las fiestas y celebraciones cristianas las que han sufrido diversos vaivenes, decantándose ora al más extremo rigor, ora a las licencias más irreverentes. En Roma, por citar una de las culturas en que se asienta la nuestra, tuvieron que intervenir los cónsules y los emperadores con cierta frecuencia para prohibir fiestas que habiendo nacido como ritos sagrados, degeneraron en francachelas, orgías y bacanales. Lo cierto es que cuesta encontrar en la historia de Roma ritos y fiestas que se mantengan durante siglos sin sufrir variaciones esenciales y sin cambiarles la divinidad que ostenta su titularidad y patronazgo. Al ser la religión romana tan eclética, y no tener una iglesia o una casta sacerdotal que velase por su pureza, estuvo sometida al inevitable flujo y reflujo de los tiempos.


A esos avatares han estado expuestas también las fiestas cristianas, porque parece como si formase parte de la naturaleza de toda fiesta lograda no crearse ni destruirse, como la materia, sino transformarse en distintas energías y en sucesivas transmigraciones a lo largo y ancho del calendario, pasando por las más variadas ubicaciones e incluso repeticiones, como resultado de la aglutinación de distintos usos y ritos. Y son las costumbres, más que las creencias, las que dan lugar al predominio de unas fiestas sobre otras, y a los modos dominantes en éstas.


Si oponemos Edad Media a Renacimiento, vemos con claridad que las celebraciones que se crearan en ambas épocas debían de ser antitéticas: el teocentrismo medieval, cuya síntesis ascética queda bien definida en el Kempis, el libro De imitatione Christi et de contemptione sui ipsíus (“Sobre la imitación de Cristo y el desprecio de sí mismo), es normal que produjese una Cuaresma y una Semana Santa lacerantes (Nolo, Dómine, sine vúlnere vívere, quia te úndique vídeo vulneratum = No quiero, Señor, vivir sin herida, viéndote a ti herido por todas partes); una Cuaresma y una Semana Santa extensas e intensas, recreándose en el dolor y en la penitencia, tan profundamente que no había manera de levantarse con fuerza cuando sonaban las campanas de la Resurrección.

Es normal que un planteamiento tan extremo sea difícil mantenerlo incólume durante siglos. Eso sólo es posible en regímenes teocráticos o casi, como lo fue por ejemplo el llamado nacionalcatolicismo en España. En cuanto flaquea la autoridad de los ayatolas, se relajan las costumbres y la vida vuelve por sus fueros. Ocurrió incluso durante esa época, que la jerarquía eclesiástica creó un temible frente contra las formas laicas de celebrar la Semana Santa. No podía consentir que la liturgia oficial (de lo más sublime en su propio género) quedase relegada ante ritos que rezumaban paganismo, a los que el pueblo mostraba un extraño apego. Se desató la polémica, se intentaron las prohibiciones y las reconducciones, y finalmente prevaleció el sentido del pueblo sobre el de la jerarquía eclesiástica.


Frente al teocentrismo medieval, se irguió soberbio el antropocentrismo renacentista. El hombre decidió que tenía derecho a constituirse en su propia razón de ser y en el eje en torno al que debía girar todo, religión incluida. No renunció a la religión, ni tenía por qué. No sólo eso, sino que recuperó cuanto fue capaz de recuperar de las religiones griega y romana. Se interesó por los antiguos dioses y por sus ritos. A partir de ellos reasignó valores nuevos a los ritos cristiano, y los redimensionó. Recreó el Carnaval, dándole mucha mayor entidad que a toda la Cuaresma y la Semana Santa juntas. Limitó los ritos penitenciales, que en la Edad Media habían ocupado demasiado espacio, a sus límites más estrechos. Aprendió a mirarse la religión como un importante valor añadido en su vida, no como un lastre o un contrapeso de la misma. Y eso sólo fue el principio. Los Carnavales vencieron a la Cuaresma. Hoy, entrados ya en ella, acaban los de Brasil.

EL ALMANAQUE continúa hoy su examen de la Cuaresma.

CUARESMA

Queda dicho que Cuaresma, reducción del latín Quadragésima, hace referencia al número 40. Y más concretamente 40 días de ayuno. Pero ¿cómo se hace la cuenta? En la liturgia, la Cuaresma consta de cuatro Domingos de Cuaresma con sus respectivas semanas; un Domingo de Pasión, con su respectiva semana; y la Semana Santa. Dan un total de 6 semanas, que suman 36 días. Faltaban por tanto 4 días para completar la cuarentena; así que se ganaron esos días adelantando su inicio al miércoles de ceniza, que antes de llamarse Feria Quarta Cínerum (su nombre latino actual), se llamó Initium Quadragésimae (Inicio de la Cuaresma), y también Feria Quarta in cápite ieiúnii (Miércoles del comienzo del ayuno).

El miércoles, jueves, viernes y sábado de la semana siguiente (la primera semana de cuaresma) se celebran las témporas de cuaresma. Es la superposición de dos épocas de ayuno. Las témporas son sin duda la celebración más antigua, dicen que heredada de los romanos, que preparaban con tres días de ayuno la entrada en cada estación (tempus; plural, témpora). Se trata, pues, de instituciones que tardaron muchos siglos en tomar forma. Los tres días de ayuno de las témporas, fueron muy anteriores a la institución de la cuaresma.

La Didascalia Apostólica, en la que se recogen las primitivas normas y costumbres de la iglesia, refiriéndose a la semana de ayuno con que se preparaba la Pascua, establece: “Durante los días de la Pascua ayunaréis, y no comeréis más que pan, sal y agua a las nueve; y esto desde el lunes al jueves. El viernes y el sábado, el ayuno será completo y no tomaréis nada”. Los testimonios más antiguos sobre el ayuno de preparación de la Pascua son de finales del siglo II, y muestran un mosaico muy variado: desde la reducción de éste al Viernes Santo, hasta la semana completa; costumbre ésta del ayuno semanal, imitada de los judíos, que tenían una gran tradición en esta práctica, y gran fe en ella.

Para entender la evolución de estas prácticas hacia la institución de la Cuaresma, es preciso encuadrarlas en la celebración del Bautismo de los catecúmenos, que se celebraba durante la Vigilia Pascual, es decir en la celebración del Sábado Santo. El catecumenado requería no sólo la preparación del alma para recibir el sacramento, en la que se inscribiría el ayuno, sino también el conocimiento de la doctrina, que requería mucho más tiempo que tan sólo una semana.
Hemos de recordar que mientras no tuvo el cristianismo una implantación uniforme en las respectivas sociedades, la institución del catecumenado formaba parte esencial de la liturgia y de la vida de la iglesia. Era la iniciación de los nuevos adeptos, y como tal tendía a formas especialmente fervorosas y extremadas.


Los catecúmenos tuvieron un papel muy importante en la evolución de las prácticas religiosas; fueron ellos los que una vez instituida la Cuaresma para ampliar la catequesis, extendieron a ella el ayuno de preparación para la Pascua, quién sabe si secundados o instigados por los fieles, y más excepcionalmente por el clero, que en esto al menos, fue siempre a remolque. Cuando desaparecieron los catecúmenos, porque ya estaba concluida la cristianización en los respectivos territorios, fueron los legos quienes ocuparon el lugar de éstos.

Las especiales características de la Edad Media, a cuya imagen y semejanza se fraguó la Cuaresma, dieron como resultado un predominio de los días de duelo y celebraciones por la Pasión y Muerte de Cristo, que dejaron en la sombra las celebraciones y los días de alegría por su Resurrección. Es evidente que no era sostenible a largo plazo tanto rigor, por lo que se redujo éste empezando por los domingos, que quedaron exentos del ayuno ya muy al principio, con lo cual ya no llegaba la cuenta a cuarenta, hasta llegar a la actual formulación, que reduce a sólo los viernes del tiempo cuaresmal los ayunos y abstinencias. Iniciándola con los Carnavales, para que entrase más suave.

Mariano Arnal


Buscador temático del Almanaque LÉXICO

Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3052 Jueves 7 de Febrero de 2008