sábado, febrero 09, 2008

LAS COSAS Y SUS NOMBRES : QUERER

LAS COSAS Y SUS NOMBRES : QUERER

Los sentimientos son realmente difíciles de encerrar en palabras. De hecho pertenecen al mundo de lo inefable (lo que es imposible fablar, porque no cabe en las palabras). Eso da lugar a que llegados a este tema las palabras sean sumamente escurridizas o más bien que las cosas se escurran de las palabras.

El verbo querer lo hemos tomado del latín quaerere, que está muy lejos del significado que actualmente damos en español a esta palabra. Y aun en nuestra lengua tiene dos valores bien diferenciados. Cuando decimos "Te quiero", el verbo no vale lo mismo que cuando decimos "Querer es poder".

El significado básico de quaerere, que en España se pronunciaba "querere" (para convertirse en "querer" sólo necesitó perder la e final, como todos los infinitivos), es "buscar"; de ahí, "intentar obtener"; de ahí "preguntar" y "suplicar". Esta dispersión del significado hace que estén emparentados con el verbo querer, conceptos que le son tan ajenos como cuestión, cuestionar, encuesta, inquirir, inquisición, adquirir, adquisición, requisito, requerimiento... en todos los cuales está presente la raíz quaer del presente o quaest de la forma nominal o supino.

Cuando pasamos a su sinónimo amar, que procede directamente del latín amare, nos encontramos con un fenómeno parecido de dispersión. Tal como en nuestra lengua se usa sólo en el ámbito del amor, en francés por ejemplo, se escapa de ese ámbito; y donde nosotros decimos "me gusta tal o tal cosa", los franceses dicen "yo amo tal o tal cosa".

Más aún, posiblemente gracias a esa equivocidad del verbo amar en francés, que tanto significa amar como gustar, y porque algunas diferencias hay en la forma de vivir la cuestión en un país y en otro, los franceses (¿o acaso más bien las francesas?) han podido fraguar la feliz expresión "hacer el amor", que hemos incorporado de mil amores, porque en nuestra lengua, para expresar lo mismo sólo disponemos de tecnicismos o de groserías. Algo habrá en esto del "Dime que me quieres, aunque sea mentira". Al fin y al cabo en francés es casi lo mismo decir "Te quiero" que "Me gustas". Quizás sea ésa la causa de que no nos parezca ningún contrasentido hacer el amor sin amor.

Mariano Arnal LÉXICO
Perseguid el amor

Amar y sentirse amad@. He aquí una consigna que merece la pena. Un buen objetivo para organizarse la vida en torno a él. Calidad de vida de la buena. A un precio inmejorable. En esto sí que querer es poder. La fuerza creadora del amor es insuperable. El amor es capaz de ponerle alas a la grisura más plomiza y convertirla en radiante belleza. Tiene poder para hacer de un manso reguerillo, un torrente impetuoso. Está en su mano crear vida donde no hay nada; convertir en amor lo que sólo es interés; transfigurar el egoísmo de los amantes en el más generoso altruísmo; hacer que el dar no necesite la recompensa del recibir, porque en el reino del amor cuanto más das, más tienes; y sólo llegas a tu plenitud cuando has sido capaz de salir totalmente de ti.

EL ALMANAQUE te está ofreciendo durante esta semana de San Valentín una selección más amorosa de poesías, por si te pueden servir para embellecer tus obsequios de amor.

DIWKETE THN AGAPHN (Diókete ten agápen), Perseguid el amor. ¡Oh cristalina fuente, si en estos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados!... Mi Amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos... Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían, por eso me adamabas y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían... ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura en mí dejaste... Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura...
El inefable San Juan de la Cruz lo dejó ya todo dicho acerca del amor, pero queda todo por decir. Cada uno ha de decir su amor... ahora te toca a ti.

EL ALMANAQUE te desea amor.
Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3054 Sábado 9 de Febrero de 2008

viernes, febrero 08, 2008

AMOR - LOS AMANTES DE TERUEL

AMOR

Es larga la peregrinación por la humanidad de esta palabra y de los arcanos que esconde. Como si fuese eterna, no conocemos su origen. Es la criatura más bella y más resplandeciente que nos ha nacido. Es el contrapeso de tantos disparates que ha cometido y sigue cometiendo la humanidad en todos los órdenes. Pero habiéndonos nacido esta preciosa criatura, llamada a redimirnos colectivamente y persona por persona, he aquí que nos queda abierto un enorme portal a la esperanza.

"Te amo", decían ya nuestr@s antepasad@s l@s roman@s, con las mismas letras, con la misma entonación, con la misma alma que nosotr@s decimos también "Te amo". L@s más antigu@s anteponían el pronombre al verbo, y decían "Amo te". Sólo esa ínfima variación en cerca de tres milenios de diálogo estático y extático con esas solas palabras: "Te amo", "Te amo".


Y el nombre de ese sentimiento, de esa forma tan grande de entender y vivir la vida, que se llama AMOR, ha soportado también el paso del tiempo sin cambiar ni una letra. Y no sólo en los libros, que ahí duran y se guardan muy bien las palabras en conserva, sino en la vida, en el día a día, en el persona a persona. Algo grande y bello ha de tener esta palabra para que haya sido capaz de retener dentro de sí durante tantísimos siglos los mismos valores sin alterarse ni alterarlos.

Y sin embargo, el amor ha crecido y sigue creciendo en la humanidad. Hace veinte siglos estaba ya inventado el amor entre el hombre y la mujer; pero forzoso es reconocer que justo hace veinte siglos se inició un cambio profundo en el que no hemos parado de avanzar y en el que todavía nos queda sin duda un largo camino que recorrer.

Hace veinte siglos ya se había inventado el amor paterno. Pero ¡qué gran distancia separa al padre de hoy del severísimo padre romano, casi recién inventada la paternidad! La implicación que tiene hoy el padre en la vida de sus hijos deja a años luz la que tenía el padre de siglos pasados.

Hace veinte siglos el prójimo era tan sólo aquel al que te unían intereses directos. Ahora la fraternidad humana ha crecido en dimensiones astronómicas, y nuestro prójimo no es sólo aquel del que obtenemos beneficios. Antes de Cristo hubiese sido imposible entender las O. N. G. o los grandes movimientos de solidaridad que recorren el planeta.

Lo que ha cambiado muy poco es el amor de la mujer, tanto en su papel de compañera como en su papel de madre; porque ella es el manantial del amor, alimentado por la propia Naturaleza. Ella es la que con paciencia infinita está enseñando al hombre a amar. El amor es su gran triunfo.



LOS AMANTES DE TERUEL

Don Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. Eran dos jóvenes de las principales familias de Teruel; pero ya fuese por las frecuentes desavenencias entre familias rivales, ya fuese por razón de la limpieza de sangre (ser cristiano viejo), que entonces se miraba mucho, el caso es que los padres no estaban de acuerdo con esos amores.

Y como ocurre también en todas las leyendas de este género, puesto que son copia de la única realidad que entonces imperaba, los padres de Isabel decidieron casar a la moza para no dar lugar a que creciese aquel amor inconsentido.

Fue señalado el día de la boda y Juan Diego sintió la necesidad de despedirse definitivamente de su amada. Escaló la tapia del jardín como era costumbre, y lo hizo a la medianoche, que es cuando mandan todas las leyendas.

Tras los requiebros amorosos propios de la ocasión, don Juan Diego le pidió una prenda de amor a su amada: UN BESO, dice la leyenda para no quitarle un ápice de romanticismo a este amor.
Casta y obediente a la voluntad de sus padres como era Isabel, se lo negó, bien que su corazón le pedía aquello y mucho más. Aquella negativa fue más fuerte que el corazón lacerado del infortunado don Juan Diego: se le borró el mundo de la vista, quedando en sus pupilas la dulce y atormentada imagen de su amada, y cayó allí mismo desplomado. Al entender su corazón que nunca más podría latir para Isabel, prefirió dejar de latir para siempre.

La noche se convirtió en alboroto. Corrió la voz por toda la ciudad de Teruel y se iluminaron sus ventanas con la luz de los candiles. El día siguiente la familia de don Juan Diego Martínez de Marcilla estaba llamada a funeral en la iglesia catedral, y dos horas más tarde, en la misma iglesia estaba llamada a boda la familia de Isabel Segura.

A la infortunada amante, perdida en el delirio del amor perdido, y condenada a amar a quien no la amaba, los pies la condujeron con determinación hacia el funeral prohibido. Se acercó al catafalco a contemplar a su amor. Y al ver aquellos labios aún abiertos pidiéndole el beso que le negara unas horas antes, no pudo resistirse a esa última petición callada de su amado, u postrándose junto a él le dio el beso de despedida.

El beso de Isabel fue de los que resucitan a los muertos. Pero ¡ay!, le faltó a ella el aliento para sobrevivir a aquella explosión de dulzura y amargura. Su corazón estaba ya tan malherido que sucumbió a la violenta sacudida de aquel beso.

Maravillados los asistentes de la duración de aquel beso, quisieron levantar a la infortunada amante de don Juan Diego, pero el beso la había transportado a la eternidad. La familia de Don Diego se doblegó a la violencia de aquel amor, tendieron a Isabel junto a su amado, celebraron por ambos el funeral, y juntos fueron sepultados para eterna memoria de aquel amor y para aviso de padres que cierran los ojos y el corazón al amor de sus hijos.

Esta es la leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL, por la que se conoce a esta ciudad más que por ninguna otra cosa. Pero es éste un hecho tan repetido en la historia de nuestra doliente humanidad, que en todos los casos se cuestiona la veracidad y la originalidad de la leyenda. Es el corazón humano el que está puesto en ellas, y ese sí que es verdad, una verdad que se encarna en distintos lugares del mundo y en las más diversas leyendas cuyo denominador común es siempre el mismo: LA FUERZA DEL AMOR.

Los estudiosos de esta leyenda apuntan a que se parece mucho a uno de los cuentos del Decamerón de Boccaccio, que a su vez es recopilación de una leyenda anterior. Es una prueba más de la constancia del corazón humano y de la fe que tiene la humanidad en el AMOR. La leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL ha sido reescrita más de 20 veces por plumas tan prestigiosas como la de Tirso de Molina, que la han llevado a la poesía, a la novela y al teatro. Y como broche de oro, el maestro Tomás Bretón la elevó a la dignidad de la ópera: inspirada en la obra de Harzenbusch, con libreto del mismo maestro Tomás Bretón y dividida en cinco actos, se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 12 de febrero de 1889.

Mariano Arnal
LÉXICO

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Artículo publicado en la edición de El Almanaque Nº 3053 Viernes 8 de Febrero de 2008